Entre el sonido constante de las sirenas, el colapso inicial de las redes telefónicas y la incertidumbre generalizada, el personal médico tuvo que actuar guiado por puro instinto profesional. El doctor Dairo Negrete, de 32 años, recuerda con claridad esas primeras horas.
Negrete, residente de tercer año egresado de la Universidad de Oriente, relató que estaba haciendo ejercicio cuando ocurrió el sismo y que, al notar la magnitud del evento, decidió dirigirse de inmediato al hospital para apoyar a sus colegas. Contó que al principio atendieron a heridos de edificios colapsados en zonas como San Bernardino y Los Palos Grandes, y que al segundo día, cuando los centros de salud de La Guaira quedaron desbordados, el Luciani se transformó en el punto de recepción nacional.
En apenas dos semanas, según indica Negrete, el hospital atendió a más de 700 personas, y el equipo de traumatología operó a más de 200 pacientes. Más allá de fracturas expuestas, cortes y laceraciones por vidrio y concreto, los médicos también enfrentaron lesiones internas complejas causadas por el aplastamiento prolongado bajo las estructuras.
Condiciones de salud de los sobrevivientes
Desde la perspectiva de la atención de desastres, explica el doctor, la traumatología agrupa a los pacientes lesionados por sismos en dos grandes categorías: las heridas por impacto directo, como fracturas y traumatismos de partes blandas, y patologías más severas como el síndrome compartimental, una emergencia quirúrgica que afectó a cerca del 30% de los ingresados durante la contingencia.
Según detalla el especialista, este síndrome se produce cuando un músculo sufre un traumatismo o aplastamiento severo. Los grupos musculares del cuerpo no están aislados: se organizan en compartimentos cerrados, recubiertos por una membrana fibrosa llamada fascia. Cuando el tejido aplastado comienza a inflamarse, la presión dentro de ese espacio sube de forma drástica y, al no poder expandirse, la inflamación termina comprimiendo arterias, venas y nervios.
Negrete describió que la extremidad afectada se endurece y se hincha de forma extrema, con un dolor tan intenso que no cede ante analgésicos comunes, y advirtió que sin una fasciotomía de emergencia, la falta de irrigación destruye nervios y músculos de forma irreversible.
Cuando el tiempo bajo los escombros se extiende por horas o días, el cuadro deja de ser un problema estrictamente traumatológico y pasa al terreno de la medicina interna, dando paso al síndrome de aplastamiento.
¿Qué es el síndrome de aplastamiento?
A diferencia del síndrome compartimental, que es un problema localizado en el miembro afectado, los especialistas en medicina interna describen el síndrome de aplastamiento como una respuesta metabólica que se dispara en el momento del rescate.
Según los protocolos de emergencia de la Sociedad Latinoamericana de Nefrología e Hipertensión, cuando un músculo permanece comprimido durante horas, la falta de oxígeno provoca rabdomiólisis: las células musculares se rompen y liberan grandes cantidades de potasio, mioglobina y toxinas dentro del tejido.
Mientras la persona sigue atrapada, esas sustancias quedan contenidas en la extremidad. Pero en el momento en que los rescatistas retiran la estructura y se restablece la circulación, ese torrente tóxico se distribuye por todo el cuerpo.
La mioglobina obstruye los túbulos renales y provoca insuficiencia renal aguda, mientras que el aumento súbito de potasio en sangre puede desencadenar arritmias fatales en cuestión de minutos. Por eso, la sociedad médica recomienda iniciar una fluidoterapia intensiva incluso antes de liberar por completo a la víctima entre los escombros.
Negrete precisó, además, que cuando la viabilidad del miembro es nula y las escalas de gravedad, como la escala MESS, superan los 7 u 8 puntos, ya no hay espacio para un manejo conservador: la amputación se convierte en la única opción para evitar una falla multiorgánica y salvar la vida del paciente.
El rostro de la estadística
En los pasillos del Hospital Domingo Luciani, las explicaciones técnicas de Negrete adquieren nombre propio. En una de las habitaciones está Bryan da Conceicao, de 34 años, quien había emigrado a Chile hace nueve años y vivió su tan esperado reencuentro familiar apenas el 22 de junio pasado.
Cuarenta y ocho horas después de volver a su país, Bryan perdió a su familia. Esa tarde del 24 de junio fue con su padre a comprar pan en la panadería La Almendrina, en Marina Grande, estado Vargas. Apenas comenzó el sismo, la estructura colapsó sobre ambos.
Su padre murió al instante sobre su pecho. Bryan quedó sepultado bajo toneladas de concreto durante 27 horas, en oscuridad total, luchando contra la claustrofobia y sintiendo la presión sobre sus piernas.
Bryan describió el dolor como algo indescriptible, y contó que varias personas intentaron llegar hasta él pero desistían al ver lo difícil del acceso, lo que aumentaba su desesperación. Pasó más de un día atrapado bajo los escombros sin saber que todo el estado Vargas había quedado destruido. Finalmente, los rescatistas lograron sacarlo mediante cadenas atadas a un vehículo, que los fueron halando tanto a él como al cuerpo de su padre.
Testimonio de fe y resiliencia
El prolongado período sin irrigación sanguínea y la compresión muscular convirtieron sus piernas en una amenaza directa para su vida. Tras ser rescatado y trasladado de urgencia, Bryan enfrentó severas complicaciones en el quirófano. Uno de los médicos que lo atendió al llegar a emergencias le advirtió que la decisión era entre sus piernas o su vida. Ante la pérdida de viabilidad del tejido y el riesgo inminente de síndrome de aplastamiento, el equipo quirúrgico realizó una amputación bilateral de miembros inferiores.
Hoy, la habitación de Bryan en el Luciani se ha convertido en un pequeño altar de resistencia, con recortes y dibujos de sus amigos más cercanos, además de estampas de San José Gregorio Hernández y textos de protección espiritual que le han dejado los visitantes.
Bryan reconoce que no sabe cómo será su vida a partir de ahora, y trabaja a diario para sostener su estabilidad emocional. Tras su rescate recibió la noticia de que su madre, su hermana y su sobrino pequeño murieron en el colapso de las residencias Cumanagoto, en Playa Grande, donde se hospedaban por unos días.
Cuenta con el respaldo de una psicóloga que visita el hospital, y ha recibido también el apoyo del influencer Juan Pablo dos Santos, quien atravesó una amputación bilateral en el pasado y le compartió su propia experiencia.
Bryan reflexiona que asimilar la pérdida de sus piernas y de su familia, tras haber sido una persona muy activa físicamente, es un proceso extremadamente duro, pero que el apoyo de su tía, de sus conocidos y las muestras de cariño lo hacen pensar que sigue aquí porque todavía tiene un propósito.
Esperanzas de seguir adelante
La historia de Bryan no es un caso aislado dentro de las cifras de la catástrofe. Representa a las decenas de sobrevivientes que hoy llenan las salas del Luciani y de otros centros de salud del país.
Mientras los traumatólogos siguen realizando curas quirúrgicas y los internistas monitorean la función renal y cardíaca de los pacientes, las estampitas religiosas pegadas en las paredes de las habitaciones van formando pequeños altares improvisados. Reflejan cómo buena parte de los sobrevivientes se aferra a la fe mientras enfrenta preguntas sobre cómo seguir adelante. En este hospital, muchos no solo cargan con secuelas físicas severas o la pérdida irreversible de una parte de su cuerpo, sino también con la ausencia devastadora de sus familiares y la incertidumbre de reconstruir su vida desde cero.